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En el pueblo de San Andrés, como a veinte minutos de Santiago, había una pareja que vivía sola porque no había podido tener hijos. Un día fueron a la chagra y vieron a una niña desnuda. Les pareció extraño, pero como anhelaban tanto tener un hijo o una hija, la recogieron, la llevaron a la casa y la vistieron muy bonito. Sin embargo, ella les sorprendía: cuando le daban de comer, comía demasiado y, como dormía en medio de los dos, a veces a medianoche se daban cuenta de que ya no estaba. En San Andrés, la comunidad acostumbra tomar por la noche el remedio: la purga o el yagé. Y cuando, en medio de la oscuridad, salían dos o tres personas a botar lo que tenían que botar, siempre faltaba una al regreso. Lo que ocurría es que la niña, convertida en culebra, se envolvía alrededor de la casa y cada vez se tragaba a una persona de las que salían, porque cuando entraban siempre había una menos. Entonces el médico tradicional más fuerte dijo: –No podemos seguir perdiendo tanta gente porque el pueblo se va a quedar sin nada. –¿Qué hacemos? –le preguntaron y él aconsejó: –Eso es fácil, nos metemos todos adentro y nadie saldrá solo. Pero antes deben traer ají rocoto. Todos hicieron caso y llevaron el ají, lo machacaron, llenaron un capacho grande y lo amarraron. De modo que cuando otra noche en la que estaban tomando el yagé, a tres hombres les urgía salir a botar lo que tenían que botar, y el médico les dijo: –Ahora sí salgan, pero cuando escuchen que la culebra se quiere tragar a alguno, arrójenle el capacho de ají. Cuentan que la casa traqueaba y por eso ellos ya sabían que una inmensa culebra se había envuelto alrededor de ella, con la boca en el lado izquierdo y la cola en el lado derecho. Los que tomaban yagé ya habían visto que era la niña convertida en serpiente. Los hombres hicieron lo que el médico tradicional les pidió: cuando sintieron que la culebra se acercaba a comérselos dizque tenía la boca abierta y uno de ellos vino y le zampó adentro el capacho lleno de ají. Entraron en la casa y ahí la dejaron. Esperaron a que amaneciera y a las seis de la mañana fueron a mirar qué había pasado. Vieron que la serpiente estaba tendida en el suelo y que la ropita de la niña estaba a un lado. Así confirmaron que ella se convertía en culebra. Por eso en San Andrés ahora hay poca gente; antes había mucha, pero esa culebra se la comía y fueron mermando mermando.